21 julio 2009

AYUDA A PAISES EN DESARROLLO

Hay quienes siguen pensando, como yo y Mao Tsetung, que es preferible enseñar a pescar a dar peces. Interesante texto de gente que saben lo que dicen y no son sospechosos de fascistas.

"RED por la JUSTICIA FISCAL
Tax Justice Network

El dinero que, por la intermediación de los paraísos fiscales, sale de los países en desarrollo corresponde aproximadamente a diez veces la ayuda al desarrollo que reciben. Lo afirma un Informe del gobierno noruego publicado el 18 junio 2009; que también reconoce que el dinero ilícito que fluye desde los países en vías de desarrollo hacia los paraísos fiscales excede con mucho, por ejemplo, a la ayuda al desarrollo o a las inversiones directas en esos países. Así se explica el enorme sector bancario de las Caimán que disponen de unos activos internacionales que totalizan 700 veces su PIB; mientras los activos nacionales e internacionales de los bancos noruegos se corresponden con 1,3 veces el PIB y los de los bancos de la Eurozona alcanzan 2,5 veces el PIB conjunto."

17 julio 2009

CHSF

Imagen que dará mucho que hablar

NO PEGAR A LOS NIÑOS

Este cuento va directo a una persona, nunca lo leera, tiene cosas más importantes en su vida que la felicidad de su hijo, alimentar su egoismo. Pero creo que sirve para mucha gente, y si conseguimos que solo uno deje de pegar, ya estaremos de enhorabuena.


En La Bañeza, a principios del mes de junio de 1929, mi venerado Juan, madrileño, se encontró, entre las pertenencias de su madre, Carmen, un manuscrito de Gonzalo el Apostata, fechado en el 2002. Hay que imaginarse la sorpresa que se llevó este hombre, no tenía sentido que alguien hubiera escrito algo que sucedería varios siglos después. En su oscura y valerosa historia abundan los hiatos. En la mesa de la cocina había una vela que le ayudaba a leer (yo miraba desde una rendija de la puerta pero no veía nada). Cuando terminó, dejó los papeles en la mesa y apoyó la cabeza sobre las manos. Hacia 1868 lo sabemos de nuevo en el Pergamino: casado o amancebado, padre de un hijo, dueño de una fracción de campo. No vertía lágrimas por lo que ponía, el tiempo, el tipo de escritura y el idioma, le impedían entender nada (por esta razón no se transcribe aquí el contenido del pergamino). Lloró al ver que su abuela Marina era la que había escrito en los huecos en blanco, eran notas de una familia maltratada. En 1869 fue nombrado sargento de la policía rural. Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse feliz, aunque profundamente no lo era. Hablaba de cómo su marido la pegaba, de cómo pegaba a sus dos hijos, sin atender a razones, ‘hoy tocaba’. A Juan le venían recuerdos de su infancia, también su padre le pegaba, con el matiz de que aquel era militar y este era licenciado. El matiz hay que considerarlo, pues no en vano se había pasado una dictadura, había una democracia, las mujeres votaban y en la calle o en cualquier foro, se podía discutir libremente del tema que fuera. Nadie iba a la cárcel por opinar, pero su padre le pegaba, desde antes de cumplir un año, era su método para educar. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche en que por fin escuchó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro símbolo). Todo esto se le agolpaba en la cabeza, recordaba la forma de gritarle, la mano levantada continuamente, el grito amenazador, el castigo de diario. Su abuela escribía con tristeza como había visto a su hija, niña criada en el maltrato, como descargaba sus iras en su pequeñín, en Juan, como seguía los sistemas educativos (así se dice ahora) de su marido. Iba a decirle algo a su hija, pero ésta le recordaba a la mano larga de su marido y no se atrevía. Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. Marina veía cómo mi padre y mi madre me maltrataban. La historia se repetía. La abuela, escribía, que "no lloró la muerte de su marido". Sus hijos no sabían si lloraban por pena o por recuerdo de tan malos momentos, nadie le echaba de menos, les dolía el no haber tenido un PADRE, alguien que les protegiera, todo era ‘por su bien’. Carmen y su marido, los padres de Juan, iban por el mismo camino. Pero esto sucedía cuando la abuela escribía esas líneas. Cuéntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en la fabulosa historia de Aquiles. Hoy, Juan, no recuerda nada de su padre, sólo sus palizas (por sistema, como método de enseñanza, manu militari). Sin embargo, su madre le quiere. Hablan todos los días y, de vez en cuando, le cuenta cosas de los sitios donde vivió de joven, nunca habla de su padre, al hacerlo cambia la cara. Yo nunca le pregunto por él. Le hubiera gustado tener un padre como todos los amigos: cariñoso, tierno, protector, un poco cómplice, un padre. Con su hija, Juan, no ha querido que se repitiera la historia, sencillamente la quiere.

Ah, cuando Juan salió al balcón, me acerqué a ver qué tenían esos papeles que había dejado sobre la mesa, solo recuerdo cinco palabras: "Gracias mamá. Tu hija Carmen"

P.D. A Jorge Luis Borges, gracias.